Hoy despues de que en Chile la naturaleza nos ha recordado que ni siquiera nuestra vida nos pertenece, y que todo lo que consideramos nuestro es ilusorio y faláz, debemos más que nunca aprender a desprendernos de las cadenas que nos atan a cosas, situaciones y personas...para poder vislumbrar la realidad de lo efímero, y aprender a valorar lo que realmente nos pertenece, que no es más que el minuto presente, nada antes y nada despues, solo ahora...tratemos de meditar en esta verdad.
MEDITACION 22
"Dichosos los siervos a quienes su señor encuentre despiertos
cuando regrese"
(Lc. 12,37)
En todas partes del mundo, la gente anda buscando el amor, porque
todos están convencidos de que sólo el amor puede salvar al mundo.
Pero muy pocos comprenden en qué consiste realmente el amor y
cómo brota en el corazón humano. Con demasiada frecuencia se
equipara el amor a los buenos sentimientos para con los demás, a la
benevolencia, a la no-violencia, al servicio... Pero todas esas cosas, en
sí mismas, no son el amor. El amor brota del conocimiento consciente.
Sólo e la medida que seas capaz de ver a alguien tal como realmente
es aquí y ahora, no tal como es en tu memoria, en tu deseo, en tu
imaginación o en tu proyección, podrás verdaderamente amarla; de lo
contrario, no será a la persona a la que ames, sino a la idea que te has
formado de ella, o bien a la persona como objeto de tu deseo, pero no
tal como es en si misma.
Por eso, el primer acto de amor consiste en ver a esa persona u objeto,
esa realidad, tal como verdaderamente es. Lo cual exige la enorme
disciplina de liberarte de tus deseos, de tus prejuicios, de tus
recuerdos, de tus proyecciones, de tu manera selectiva de mirar; una
disciplina tan exigente que la mayoría de las personas prefieren
lanzarse de cabeza a realizar buenas acciones y a ser serviciales que
someterse al fuego abrazador de semejante ascesis. Cuando te pones a
servir a alguien a quien no te has tomado la molestia de comprender,
¿estás satisfaciendo la necesidad de esa persona o la tuya propia? El
primer ingrediente del amor, por tanto, consiste en comprender
realmente al otro.
El segundo ingrediente, tan importante como el primero, es
comprenderte a ti mismo, iluminar implacablemente, con la luz del
conocimiento consciente tus motivos, tus emociones, tus necesidades,
tu falta de honradez, tu egoísmo, tu tendencia a controlar y a
manipular. Lo cual significa llamar a las cosas por su nombre, por muy
doloroso que resulte. Si logras tener esa clase de consciencia del otro y
de ti mismo, sabrás lo que es el amor, porque poseerás una mente y
un corazón alerta, vigilantes, claros y sensibles; una claridad de
percepción y una sensibilidad que te harán reaccionar correcta y
adecuadamente en cada situación y en cada momento. Unas veces te
verás irresistiblemente llamado a la acción; otras, te refrenarás y te
contendrás. Unas veces te verás obligado a ignorar a los demás; otras,
les prestarás la atención que solicitan. Unas veces te mostrarás amable,
y complaciente; otras, duro, intransigente, enérgico y hasta violento. Y
es que el amor, que brota de la sensibilidad, adopta las más
inesperadas formas y responde, no a pautas y principios preconcebidos
, sino a la realidad concreta del momento. Cuando experimentes por
primera vez esta clase de sensibilidad, probablemente sientas
verdadero terror, porque todas tus defensas se vendrán abajo, tu falta
de honradez quedará al descubierto y los muros de protección que te
rodean serán destruidos.
Piensa en el terror que invade a un hombre acaudalado cuando alcanza
a ver realmente la lastimosa situación de los pobres; o a un dictador
sediento de poder cuando se digna contemplar el verdadero estado en
que se encuentra el pueblo por él oprimido; o a un fanático intolerante
cuando logra comprender que sus convicciones no se corresponden
con los hechos. O piensa en el terror que invade al romántico
enamorado cuando se decide de veras a admitir que lo que él ama no
es a su amada, sino a la imagen que tiene de ella. Por eso es por lo
que el más doloroso acto que un ser humano puede realizar es el acto
de mirar. es en este acto de mirar donde nace el amor; mejor dicho,
ese acto de mirar es el amor.
Una vez que empieces a mirar, tu sensibilidad te llevará a tomar
consciencia, no sólo de las cosas que decidas ver, sino de todas las
demás cosas. Y tu pobre ego tratará desesperadamente de embotar
esa sensibilidad, porque se ha visto despojado de sus defensas y se ha
quedado sin protección y sin nada a lo que aferrarse. Si alguna vez te
permites mirar, será tu muerte. Por eso es por lo que el amor es tan
aterrador: porque amar es mirar y mirar es morir. Peor es también la
más deliciosa y estimulante experiencia de este mundo, porque en la
muerte del ego está la libertad, la paz, la serenidad, la alegría...
Si lo que de veras deseas es amar, entonces ponte inmediatamente a
mirar; pero tómatelo en serio. Fíjate en alguien que te desagrade y
percibe de veras tus prejuicios; fíjate en alguien o en algo a lo que te
aferres y comprueba realmente el sufrimiento, la inutilidad y la falta de
libertad que supone aferrarse... y contempla detenida y tiernamente los
rostros humanos y la conducta humana. Tómate tiempo para mirar
asombrado a la naturaleza, el vuelo de un pájaro, la lozanía de una flor,
la caída de una hoja seca, el fluir de un río, la salida de la luna, la
silueta de una montaña a contraluz... Y mientras lo haces, la sólida
coraza que protege tu corazón se reblandecerá y se fundirá, y tu
corazón rebosará de sensibilidad y delicadeza. Se desvanecerá la
oscuridad de tus ojos, tu visión se hará clara y penetrante, y al fin
sabrás lo que es el amor.
Acompañemos nuestra meditación con esta hermosa música .
http://www.youtube.com/watch?v=Y6yj4XlEYwM
Queremos entregarte las herramientas necesarias para que encuentres tu camino de superación a través de la autoayuda, automotivación, relajación, sanación, meditación, terapias alternativas y mucho más, en el marco de la espiritualidad
domingo, 28 de febrero de 2010
sábado, 27 de febrero de 2010
Cómo nos limitan las ideas?- Meditemos en ello en silencio.
Es un poco complicada la comprensión de que toda idea nos limita...al no dejarnos ver la realidad en su prístina pureza...leamos esta meditación con la mejor dispsición a comprender de que seamos capaces, y pidamos humildemente a nuestro Ser Interior que nos ilumine para que podamos captar la escencia de esto...
MEDITACION 21
"Los fariseos decían a los discípulos: '¿por qué come vuestro
maestro con los publicanos y pecadores?"
(Mt. 9,11)
Si deseas entrar en contacto con la realidad de una cosa, lo primero
que tienes que comprender es que toda idea deforma la realidad y
constituye un obstáculo para ver dicha realidad . La idea no es la
realidad: la idea "vino" no es el vino; la idea "mujer" no es esa
determinada mujer. Si de veras quieres entrar en contacto con la
realidad de esa mujer, debes dejar de lado tu idea de la mujer y tener
la experiencia de ella en su singularidad concreta y en su unicidad. Por
desgracia, la mayoría de las personas no se toman, la mayoría de las
veces , la molestia de ver este tipo de cosas en su singularidad; se
limitan a ver las palabras o las ideas, pero sin mirar nunca con ojos de
niño esa realidad concreta, única, viva y con plumas que se mueve ahí
mismo, delante de ellos; lo único que ven es un gorrión. Nunca ven el
maravilloso prodigio de ese ser humano único que tienen ante sí; tan
sólo ven a una mujer campesina hindú, por ejemplo. La idea, por
consiguiente, es un obstáculo para percibir la realidad.
Por otro lado hay otro obstáculo a la percepción de la realidad: el
juicio. Tal cosa o persona es buena o mala, fea o hermosa. Ya es
suficiente obstáculo, a la hora de fijarse en esa persona concreta, el
tener la idea de "hindú", de "mujer" o de "campesina". Pero, encima,
ahora añado un juicio y digo: "es buena" o "es mala"; "es guapa y
atractiva" o "es fea y poco atractiva". Lo cual me impide verla, porque
no es ni buena ni mala. Es "ella", en toda su singularidad. El cocodrilo y
el tigre no son buenos ni malos; son cocodrilo y tigre. "Bueno" y "malo"
dicen a algo exterior a ellos. En la medida en que convienen a mi
propósito, o son gratos a mis ojos, o me son útiles, o constituyen para
mí una amenaza, en esa medida les llamo "buenos " o "malos".
Piensa ahora en ti mismo cuando alguien dice de ti que eres "bueno" o
"atractivo" o "guapo". Una de dos: o bien te muestras duro y
displicente, porque en realidad te consideras malo, y te dices a ti
mismo que, si el otro te conociera tal como eres, no diría que eres
bueno; o bien aceptas las palabras de esa otra persona y te crees de
veras que eres bueno, y hasta te hace ilusión el cumplido. En ambos
casos te equivocas, porque no eres ni bueno ni malo. Tú eres tú. Si te
dejas influir por los juicios de quienes te rodean, estarás siempre
acumulando tensión, inseguridad y preocupación, porque, del mismo
modo que hoy te llaman "bueno", y ello te alegra, mañana pueden
llamarte "malo", y te deprimirás. Por eso, la reacción apropiada y
correcta, cuando alguien dice que eres "bueno", consiste en decir:
"Esta persona, dada su actual percepción y talante, me ve bueno, lo
cual no dice nada acerca de mí. Otro en su lugar, y con su propia
manera de ser y de percibir las cosas, me vería malo, lo cual tampoco
diría nada acerca de mí".
¡Con qué facilidad nos dejamos engañar por el juicio de los demás y
nos formamos una imagen de nosotros mismos basada en ese juicio...!
Para liberarte de verdad necesitas escuchar las cosas buenas y malas
que ellos quieran contarte, pero no has de reaccionar con mayor
emoción que la que manifiesta un ordenador cuando le introducen
datos. Y es que lo que ellos digan acerca de ti revela mucho más sobre
ellos mismos que sobre tu persona.
En realidad, también tienes que ser consciente de los juicios que tú
hagas acerca de ti mismo, porque incluso éstos se basan, por lo
general, en los sistemas de valores de las personas que te rodean.
Si juzgas, condenas o apruebas, ¿acaso ves la realidad?
Si contemplas algo a través del prisma del juicio, de la aprobación o de
la condena, ¿no es ese el principal obstáculo para comprender y
observar las cosas tal como son?
Cuenta hasta diez cuando una persona te diga que eres alguien muy
especial para ella; si aceptas el cumplido, empezarás a acumular
tensión.
¿Para qué quieres ser especial para alguien y someterte a semejante
clase de juicio aprobatorio? ¿Por qué no contentarte simplemente con
ser tú mismo?.
Cuando una persona te haga saber lo especial que eres para ella, todo
lo que puedes decir es: "Esta persona, dados sus gustos y necesidades,
sus instintos, sus apetencias y sus proyecciones, siente una especial
atracción hacia mí, lo cual no dice nada de mí como persona".
En el momento que aceptes el cumplido y te complazcas en él, habrás
dado a esa persona el control sobre ti.
Temerás constantemente que conozca a otra persona que le resulte
muy especial y te haga perder la posición de privilegio que ocupas en
su vida.
Consiguientemente, te pasarás la vida bailando al son que ella quiera
tocar y respondiendo a sus expectativas, con lo cual habrás perdido tu
libertad. En suma, habrás conseguido depender de ella para ser feliz,
porque has hecho que tu felicidad dependa del juicio de ella acerca de
ti.
Por si fuera poco, aún puedes empeorar las cosas poniéndote a buscar
a otras personas que te digan lo especial que eres para ellas e
invirtiendo un montón de tiempo y energías de asegurarte que nunca
van a cambiar esa imagen que tienen de ti. ¡Qué forma de vivir más
agotadora...! De pronto el miedo hace acto de presencia en tu vida;
miedo a que se destruya tu imagen. Pero, si lo que buscas es la
audacia y la libertad, tienes que deshacerte de ese miedo. ¿Cómo?
Negándote a tomar en serio a cualquiera que te diga lo especial que
eres para él. Las palabras: "Tú eres algo muy especial para mí" tan sólo
dicen algo de mi actual disposición con respecto a ti, de mis gustos, de
mi actual estado de ánimo y de la fase evolutiva en que me encuentro.
no dicen otra cosa. Acéptalas, pues, como un simple dato y no te
alegres por ellas. Lo que puede alegrarte es mi compañía, no mi
cumplido; mi actual interacción contigo, no mi elogio. Y, si eres
juicioso, me animarás a descubrir a otras personas igualmente
especiales, para o verte nunca tentado a aferrarte a esa imagen que yo
tengo de ti. No es dicha imagen la que ha de procurarte gozo y
contento, porque eres consciente de que la imagen que yo tengo de ti
puede cambiar muy fácilmente. Lo que has de disfrutar, pues, es el
momento presente, porque, si te complaces en la imagen que yo tengo
de ti, entonces te tendré controlado, y te dará miedo ser tu mismo, por
temor a hacerme daño; te dará miedo decirme la verdad y hacer
cualquier cosa que pueda deteriorar la imagen que yo tengo de ti.
Aplícalo ahora a cualquier imagen que la gente tenga de ti y que te
haga ver que eres un genio, un sabio, un santo o algo parecido;
siéntete halagado, y en ese momento habrás perdido tu libertad,
porque en adelante no dejarás de esforzarte por conseguir que no
cambien de opinión. temerás cometer errores, ser tú mismo, hacer o
decir cualquier cosa que pueda dañar dicha imagen. Habrás perdido la
libertad de ponerte en ridículo, de ser objeto de bromas y chanzas, de
hacer y decir lo que te parezca, en lugar de lo que parece encajar con
la imagen que los demás tienen de ti. ¿Cómo se acaba con esto? A
base de muchas horas de paciente estudio, concienciación y
observación de lo que tan estúpida imagen te proporciona: una
emoción mezclada de inseguridad, falta de libertad y sufrimiento. Si
logras ver esto con claridad, te desaparecerán las ganas de ser especial
para nadie o de que alguien te tenga en una elevada consideración, no
temerás andar con pecadores y personales de dudosa reputación y
harás y dirás lo que t plazca, sin importarte lo que la gente piense de ti.
Conseguirás ser tan falto de auto-consciencia como los pájaros y las
flores, demasiado ocupados en la tarea de vivir como para preocuparse
lo más mínimo de lo que los demás puedan pensar de ellos y de si son
o dejan de ser algo especial para otros. Y al fin, lograrás ser libre y
audaz.
Meditemos acompañados del canto de los delfines.
http://www.youtube.com/watch?v=-CKDYc9J0Mg
MEDITACION 21
"Los fariseos decían a los discípulos: '¿por qué come vuestro
maestro con los publicanos y pecadores?"
(Mt. 9,11)
Si deseas entrar en contacto con la realidad de una cosa, lo primero
que tienes que comprender es que toda idea deforma la realidad y
constituye un obstáculo para ver dicha realidad . La idea no es la
realidad: la idea "vino" no es el vino; la idea "mujer" no es esa
determinada mujer. Si de veras quieres entrar en contacto con la
realidad de esa mujer, debes dejar de lado tu idea de la mujer y tener
la experiencia de ella en su singularidad concreta y en su unicidad. Por
desgracia, la mayoría de las personas no se toman, la mayoría de las
veces , la molestia de ver este tipo de cosas en su singularidad; se
limitan a ver las palabras o las ideas, pero sin mirar nunca con ojos de
niño esa realidad concreta, única, viva y con plumas que se mueve ahí
mismo, delante de ellos; lo único que ven es un gorrión. Nunca ven el
maravilloso prodigio de ese ser humano único que tienen ante sí; tan
sólo ven a una mujer campesina hindú, por ejemplo. La idea, por
consiguiente, es un obstáculo para percibir la realidad.
Por otro lado hay otro obstáculo a la percepción de la realidad: el
juicio. Tal cosa o persona es buena o mala, fea o hermosa. Ya es
suficiente obstáculo, a la hora de fijarse en esa persona concreta, el
tener la idea de "hindú", de "mujer" o de "campesina". Pero, encima,
ahora añado un juicio y digo: "es buena" o "es mala"; "es guapa y
atractiva" o "es fea y poco atractiva". Lo cual me impide verla, porque
no es ni buena ni mala. Es "ella", en toda su singularidad. El cocodrilo y
el tigre no son buenos ni malos; son cocodrilo y tigre. "Bueno" y "malo"
dicen a algo exterior a ellos. En la medida en que convienen a mi
propósito, o son gratos a mis ojos, o me son útiles, o constituyen para
mí una amenaza, en esa medida les llamo "buenos " o "malos".
Piensa ahora en ti mismo cuando alguien dice de ti que eres "bueno" o
"atractivo" o "guapo". Una de dos: o bien te muestras duro y
displicente, porque en realidad te consideras malo, y te dices a ti
mismo que, si el otro te conociera tal como eres, no diría que eres
bueno; o bien aceptas las palabras de esa otra persona y te crees de
veras que eres bueno, y hasta te hace ilusión el cumplido. En ambos
casos te equivocas, porque no eres ni bueno ni malo. Tú eres tú. Si te
dejas influir por los juicios de quienes te rodean, estarás siempre
acumulando tensión, inseguridad y preocupación, porque, del mismo
modo que hoy te llaman "bueno", y ello te alegra, mañana pueden
llamarte "malo", y te deprimirás. Por eso, la reacción apropiada y
correcta, cuando alguien dice que eres "bueno", consiste en decir:
"Esta persona, dada su actual percepción y talante, me ve bueno, lo
cual no dice nada acerca de mí. Otro en su lugar, y con su propia
manera de ser y de percibir las cosas, me vería malo, lo cual tampoco
diría nada acerca de mí".
¡Con qué facilidad nos dejamos engañar por el juicio de los demás y
nos formamos una imagen de nosotros mismos basada en ese juicio...!
Para liberarte de verdad necesitas escuchar las cosas buenas y malas
que ellos quieran contarte, pero no has de reaccionar con mayor
emoción que la que manifiesta un ordenador cuando le introducen
datos. Y es que lo que ellos digan acerca de ti revela mucho más sobre
ellos mismos que sobre tu persona.
En realidad, también tienes que ser consciente de los juicios que tú
hagas acerca de ti mismo, porque incluso éstos se basan, por lo
general, en los sistemas de valores de las personas que te rodean.
Si juzgas, condenas o apruebas, ¿acaso ves la realidad?
Si contemplas algo a través del prisma del juicio, de la aprobación o de
la condena, ¿no es ese el principal obstáculo para comprender y
observar las cosas tal como son?
Cuenta hasta diez cuando una persona te diga que eres alguien muy
especial para ella; si aceptas el cumplido, empezarás a acumular
tensión.
¿Para qué quieres ser especial para alguien y someterte a semejante
clase de juicio aprobatorio? ¿Por qué no contentarte simplemente con
ser tú mismo?.
Cuando una persona te haga saber lo especial que eres para ella, todo
lo que puedes decir es: "Esta persona, dados sus gustos y necesidades,
sus instintos, sus apetencias y sus proyecciones, siente una especial
atracción hacia mí, lo cual no dice nada de mí como persona".
En el momento que aceptes el cumplido y te complazcas en él, habrás
dado a esa persona el control sobre ti.
Temerás constantemente que conozca a otra persona que le resulte
muy especial y te haga perder la posición de privilegio que ocupas en
su vida.
Consiguientemente, te pasarás la vida bailando al son que ella quiera
tocar y respondiendo a sus expectativas, con lo cual habrás perdido tu
libertad. En suma, habrás conseguido depender de ella para ser feliz,
porque has hecho que tu felicidad dependa del juicio de ella acerca de
ti.
Por si fuera poco, aún puedes empeorar las cosas poniéndote a buscar
a otras personas que te digan lo especial que eres para ellas e
invirtiendo un montón de tiempo y energías de asegurarte que nunca
van a cambiar esa imagen que tienen de ti. ¡Qué forma de vivir más
agotadora...! De pronto el miedo hace acto de presencia en tu vida;
miedo a que se destruya tu imagen. Pero, si lo que buscas es la
audacia y la libertad, tienes que deshacerte de ese miedo. ¿Cómo?
Negándote a tomar en serio a cualquiera que te diga lo especial que
eres para él. Las palabras: "Tú eres algo muy especial para mí" tan sólo
dicen algo de mi actual disposición con respecto a ti, de mis gustos, de
mi actual estado de ánimo y de la fase evolutiva en que me encuentro.
no dicen otra cosa. Acéptalas, pues, como un simple dato y no te
alegres por ellas. Lo que puede alegrarte es mi compañía, no mi
cumplido; mi actual interacción contigo, no mi elogio. Y, si eres
juicioso, me animarás a descubrir a otras personas igualmente
especiales, para o verte nunca tentado a aferrarte a esa imagen que yo
tengo de ti. No es dicha imagen la que ha de procurarte gozo y
contento, porque eres consciente de que la imagen que yo tengo de ti
puede cambiar muy fácilmente. Lo que has de disfrutar, pues, es el
momento presente, porque, si te complaces en la imagen que yo tengo
de ti, entonces te tendré controlado, y te dará miedo ser tu mismo, por
temor a hacerme daño; te dará miedo decirme la verdad y hacer
cualquier cosa que pueda deteriorar la imagen que yo tengo de ti.
Aplícalo ahora a cualquier imagen que la gente tenga de ti y que te
haga ver que eres un genio, un sabio, un santo o algo parecido;
siéntete halagado, y en ese momento habrás perdido tu libertad,
porque en adelante no dejarás de esforzarte por conseguir que no
cambien de opinión. temerás cometer errores, ser tú mismo, hacer o
decir cualquier cosa que pueda dañar dicha imagen. Habrás perdido la
libertad de ponerte en ridículo, de ser objeto de bromas y chanzas, de
hacer y decir lo que te parezca, en lugar de lo que parece encajar con
la imagen que los demás tienen de ti. ¿Cómo se acaba con esto? A
base de muchas horas de paciente estudio, concienciación y
observación de lo que tan estúpida imagen te proporciona: una
emoción mezclada de inseguridad, falta de libertad y sufrimiento. Si
logras ver esto con claridad, te desaparecerán las ganas de ser especial
para nadie o de que alguien te tenga en una elevada consideración, no
temerás andar con pecadores y personales de dudosa reputación y
harás y dirás lo que t plazca, sin importarte lo que la gente piense de ti.
Conseguirás ser tan falto de auto-consciencia como los pájaros y las
flores, demasiado ocupados en la tarea de vivir como para preocuparse
lo más mínimo de lo que los demás puedan pensar de ellos y de si son
o dejan de ser algo especial para otros. Y al fin, lograrás ser libre y
audaz.
Meditemos acompañados del canto de los delfines.
http://www.youtube.com/watch?v=-CKDYc9J0Mg
viernes, 26 de febrero de 2010
Liberandonos de los prejuicios, apegos y demás lastre inútil que nos atormenta...
Como nos limitan los prejuicios, las opiniones y los apegos...si no podemos liberarnos de ellos seremos eternamente esclavos...y que dificil es poder borrar todo esto de nuestra consciencia...veamos que nos propone aqui Anthony de Mello para lograrlo.
MEDITACION 20
"--- Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a
los que os odien"
(Lc. 6,27)
Cuando estás enamorado, te sorprendes a ti mismo mirando a todo el
mundo con ojos distintos; te vuelves generoso, compasivo, bondadoso,
donde antes tal vez eras duro y mezquino. E, inevitablemente, los
demás comienzan a reaccionar para contigo de la misma manera, y no
tardas en comprobar que vives en un mundo de ternura que tú mismo
has creado. En cambio, cuando lo que predomina en ti es el mal humor
y te irritas fácilmente y te muestras ruin, suspicaz y hasta paranoide,
en seguida compruebas que todo el mundo reacciona ante ti de
manera negativa, y te encuentras viviendo en un mundo hostil, creado
por tu mente y tus emociones.
¿Cómo podrías intentar crear un mundo feliz, amable y pacífico?
Aprendiendo el sencillo y hermoso, aunque arduo "arte de mirar". Se
trata de hacer lo siguiente: cada vez que te encuentres irritado o
enojado con alguien, a quien tienes que mirar es a ti, no a esa persona.
Lo que tienes que preguntarte no es: "¿Qué le pasa a este individuo?",
sino: "Qué pasa conmigo, que estoy tan irritado?". Intenta hacerlo
ahora mismo. Piensa en alguna persona cuya sola presencia te saque
de quicio y formúlate a ti mismo esta dolorosa pero liberadora frase:
"La causa de mi irritación no está en esa persona sino en mí mismo".
Una vez dicho esto, trata de descubrir por qué y cómo se origina esta
irritación. En primer lugar, considera la posibilidad, muy real, de que la
razón por la que te molestan los defectos de esa persona, o lo que tú
supones que lo son, es porque tú mismo tienes esos defectos; lo que
ocurre es que los has reprimido y por eso los proyectas
inconscientemente en el otro. Esto sucede casi siempre, aunque casi
nadie lo reconoce. Trata, pues, de descubrir los defectos de esa
persona en tu propio interior, en tu mente inconsciente, y tu irritación
se convertirá en agradecimiento hacia dicha persona, que con su
conducta te ha ayudado a desenmascararte.
Otra cosa digna de considerar es la siguiente: ¿No será que lo que te
molesta de esa persona es que sus palabras o su comportamiento
ponen de relieve algo de tu vida y de ti mismo que tú te niegas a ver?
Fíjate cómo nos molestan el místico y el profeta que parecen alejarse
mucho de lo místico o de lo profético cuando nos sentimos
cuestionados por sus palabras o por su vida.
Una tercera cosa también está muy clara: tú te irritas contra esa
persona porque no responde a las expectativas que has sido
"programado" para abrigar respecto a ella. Tal vez tengas derecho a
exigir que esa persona responda a tu "programación" siendo, por
ejemplo, cruel o injusta, en cuyo caso no es necesario que sigas
considerando esto. Pero, si tratas de cambiar a esa persona o de poner
fin a su comportamiento, ¿no serías mucho más eficaz si no estuvieras
irritado? La irritación sólo conseguirá embotar tu percepción y hacer
que tu acción sea menos eficaz. todo el mundo sabe que, cuando un
deportista pierde los nervios, la calidad de su juego decrece, porque la
pasión y el acaloramiento le hacen perder coordinación. En la mayoría
de los casos, sin embargo, no tienes derecho a exigir que la otra
persona responda a tus expectativas; otras personas en tu lugar, ante
dicho comportamiento, no experimentarían irritación alguna. No tienes
más que pensar detenidamente en esta verdad, y tu irritación se
diluirá. ¿o es absurdo por tu parte exigir que alguien viva con arreglo a
los criterios y normas que tus padres te han inculcado?
Finalmente, he aquí otra verdad que deberías considerar: teniendo en
cuenta la educación, la experiencia y los antecedentes de esa persona,
seguramente no puede dejar de comportarse como lo hace. Alguien ha
dicho, con mucho acierto, que comprender todo es perdonar todo. Si tú
comprendes realmente a esa persona, la considerarás como una
persona deficiente, pero no censurable, y tu irritación cesará al
instante. Y en seguida comprobarás que comienzas a tratar a esa
persona con amor y que ella te responde del mismo modo, y te
encontrarás viviendo en un mundo de amor que tú mismo has creado.
Nuestra compañia de hoy para esta meditación.
http://www.youtube.com/watch?v=dnREtYxCY-I
MEDITACION 20
"--- Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a
los que os odien"
(Lc. 6,27)
Cuando estás enamorado, te sorprendes a ti mismo mirando a todo el
mundo con ojos distintos; te vuelves generoso, compasivo, bondadoso,
donde antes tal vez eras duro y mezquino. E, inevitablemente, los
demás comienzan a reaccionar para contigo de la misma manera, y no
tardas en comprobar que vives en un mundo de ternura que tú mismo
has creado. En cambio, cuando lo que predomina en ti es el mal humor
y te irritas fácilmente y te muestras ruin, suspicaz y hasta paranoide,
en seguida compruebas que todo el mundo reacciona ante ti de
manera negativa, y te encuentras viviendo en un mundo hostil, creado
por tu mente y tus emociones.
¿Cómo podrías intentar crear un mundo feliz, amable y pacífico?
Aprendiendo el sencillo y hermoso, aunque arduo "arte de mirar". Se
trata de hacer lo siguiente: cada vez que te encuentres irritado o
enojado con alguien, a quien tienes que mirar es a ti, no a esa persona.
Lo que tienes que preguntarte no es: "¿Qué le pasa a este individuo?",
sino: "Qué pasa conmigo, que estoy tan irritado?". Intenta hacerlo
ahora mismo. Piensa en alguna persona cuya sola presencia te saque
de quicio y formúlate a ti mismo esta dolorosa pero liberadora frase:
"La causa de mi irritación no está en esa persona sino en mí mismo".
Una vez dicho esto, trata de descubrir por qué y cómo se origina esta
irritación. En primer lugar, considera la posibilidad, muy real, de que la
razón por la que te molestan los defectos de esa persona, o lo que tú
supones que lo son, es porque tú mismo tienes esos defectos; lo que
ocurre es que los has reprimido y por eso los proyectas
inconscientemente en el otro. Esto sucede casi siempre, aunque casi
nadie lo reconoce. Trata, pues, de descubrir los defectos de esa
persona en tu propio interior, en tu mente inconsciente, y tu irritación
se convertirá en agradecimiento hacia dicha persona, que con su
conducta te ha ayudado a desenmascararte.
Otra cosa digna de considerar es la siguiente: ¿No será que lo que te
molesta de esa persona es que sus palabras o su comportamiento
ponen de relieve algo de tu vida y de ti mismo que tú te niegas a ver?
Fíjate cómo nos molestan el místico y el profeta que parecen alejarse
mucho de lo místico o de lo profético cuando nos sentimos
cuestionados por sus palabras o por su vida.
Una tercera cosa también está muy clara: tú te irritas contra esa
persona porque no responde a las expectativas que has sido
"programado" para abrigar respecto a ella. Tal vez tengas derecho a
exigir que esa persona responda a tu "programación" siendo, por
ejemplo, cruel o injusta, en cuyo caso no es necesario que sigas
considerando esto. Pero, si tratas de cambiar a esa persona o de poner
fin a su comportamiento, ¿no serías mucho más eficaz si no estuvieras
irritado? La irritación sólo conseguirá embotar tu percepción y hacer
que tu acción sea menos eficaz. todo el mundo sabe que, cuando un
deportista pierde los nervios, la calidad de su juego decrece, porque la
pasión y el acaloramiento le hacen perder coordinación. En la mayoría
de los casos, sin embargo, no tienes derecho a exigir que la otra
persona responda a tus expectativas; otras personas en tu lugar, ante
dicho comportamiento, no experimentarían irritación alguna. No tienes
más que pensar detenidamente en esta verdad, y tu irritación se
diluirá. ¿o es absurdo por tu parte exigir que alguien viva con arreglo a
los criterios y normas que tus padres te han inculcado?
Finalmente, he aquí otra verdad que deberías considerar: teniendo en
cuenta la educación, la experiencia y los antecedentes de esa persona,
seguramente no puede dejar de comportarse como lo hace. Alguien ha
dicho, con mucho acierto, que comprender todo es perdonar todo. Si tú
comprendes realmente a esa persona, la considerarás como una
persona deficiente, pero no censurable, y tu irritación cesará al
instante. Y en seguida comprobarás que comienzas a tratar a esa
persona con amor y que ella te responde del mismo modo, y te
encontrarás viviendo en un mundo de amor que tú mismo has creado.
Nuestra compañia de hoy para esta meditación.
http://www.youtube.com/watch?v=dnREtYxCY-I
jueves, 25 de febrero de 2010
Sigamos meditando en el amor
Meditar en el amor nunca es bastante...entender el amor es entender a Dios mismo...algo titanico para nosotros, desde la mente limitada del ser humano...por eso debemos constantemente estar meditando en esta energia creadora, en esta fuente inagotable de recursos, felicidad y libertad llamada amor...para asi abrir, expandir e iluminar nuestra consciencia aprendiendo a fluir en esta corriente...sigamos meditando en el amor.
MEDITACION 19
"Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es
apto para el Reino de Dios"
(Lc. 9,62)
El Reino de Dios es amor. Pero ¿qué significa amar? Significa ser
sensible a la vida, a las cosas y a las personas; tener sentimientos hacia
todo y hacia todos, sin excluir nada ni a nadie. Porque a la exclusión
sólo se llega a base de endurecerse, a base de cerrar las propias
puertas. Y el endurecimiento mata la sensibilidad. No te resultará difícil
encontrar ejemplos de esta clase de sensibilidad en tu propia vida. ¿No
te has detenido nunca a retirar una piedra o un clavo de la carretera
para evitar que alguien pueda sufrir daño? Lo de menos es que tú no
llegues nunca a conocer a la persona que va a beneficiarse de ello, o
que no se recompense ni se reconozca tu gesto. Lo haces por puro
sentimiento de benevolencia y bondad. ¿No te has sentido alguna vez
afligido ante la absurda destrucción, en cualquier parte del mundo, de
un bosque que nunca ibas a ver ni del que te ibas a beneficiar jamas?
¿No te has tomado nunca más molestias de las normales por ayudar a
un extraño a encontrar la dirección que buscaba, aunque no conocieras
ni fueras nunca a volver a ver a esa persona, simplemente por haber
experimentado un sentimiento de bondad? En esos y en otros muchos
momentos, el amor ha aflorado a la superficie en tu vida, haciendo ver
que se hallaba en tu interior esperando ser liberado.
¿Cómo puedes llegar a poseer esta clase de amor? No puedes, porque
ya está dentro de ti. Todo lo que tienes que hacer es quitar los
obstáculos que tú mismo pones a la sensibilidad, y ésta saldrá a la
superficie.
Esos obstáculos a la sensibilidad son dos: La opinión y el apego.
Hablemos primero de la opinión. En cuanto tienes una opinión, ya has
llegado a una conclusión acerca de una persona, una situación o una
cosa. Te has quedado fijo en un punto y has renunciado a tu
sensibilidad. Te has predispuesto, y ya sólo verás a esa persona o cosa
desde tu predisposición o prejuicio. En otras palabras, vas a dejar de
verla para siempre. ¿Y cómo puedes ser sensible a alguien que ni
siquiera ves? Piensa en una persona a la que conozcas y haz una lista
de las numerosas conclusiones, positivas o negativas, a las que hayas
llegado y sobre la base de las cuales te relacionas con ella. En el
momento en que digas: "Fulano es inteligente", o "cruel", o
"desconfiado", o "cariñoso", o lo que sea, en ese mismo momento ya
has endurecido tu percepción, te has formado un pre - juicio y has
dejado de observar a esa persona en su constante devenir; es algo
análogo al caso del piloto que se pusiera a volar hoy con el informe
meteorológico de la semana pasada. Examina con mucho cuidado
dichas opiniones, porque el simple hecho de comprender que se trata
de opiniones, conclusiones o prejuicios, no reflejos de la realidad, hará
que desaparezcan.
En cuanto al apego, ¿cómo se forma? Ante todo, proviene del contacto
con algo que te ocasiona placer o satisfacción: un auto, un moderno
aparato anunciado de manera atrayente, una frase de elogio, la
compañía de una persona... Viene luego el deseo de aferrarte a ello, de
repetir la gratificante sensación que esa cosa o persona te ha
ocasionado. Por último, llegas a convencerte de que no serás feliz sin
esa cosa o persona, porque has identificado el placer que te
proporciona con la felicidad. Y ya tienes un apego con todas las de la
ley; un apego, que inevitablemente, te hace excluir otras cosas y ser
insensible a todo cuanto no forme parte de él. Consiguientemente,
cada vez que tengas que dejar el objeto de tu apego, dejarás con él tu
corazón, que ya no podrás poner en ninguna otra cosa. La sinfonía de
la vida prosigue, pero tú no dejas de mirar atrás, de aferrarte a unos
cuantos compases de la sinfonía, de cerrar tus oídos al resto de la
música, produciendo con ello una desarmonía y un conflicto entre lo
que a vida te ofrece y aquello a lo que tú te aferras. Y vienen a
continuación la tensión, la ansiedad, que constituyen la muerte misma
del amor y de la gozosa libertad que el amor conlleva. Y es que el amor
y la libertad sólo se encuentran cuando se sabe disfrutar de cada nota
en el momento en que ésta se produce, pero sin tratar de apresarla, a
fin de mantenerse plenamente receptivo a las notas siguientes.
¿Cómo liberarse de un apego? Muchos suelen intentarlo por medio de
la renuncia. pero renunciar a unos cuantos compases de la sinfonía,
hacerlos desaparecer de la consciencia, origina precisamente la misma
clase de violencia, , conflicto e insensibilidad que el aferrarse a ellos. Lo
único que se consigue, una vez más, es endurecerse. El secreto reside
en no renunciar a nada ni aferrarse a nada, en disfrutar de todo y
permitir que todo pase. Y esto ¿cómo se hace? A base de muchas
horas de observar el carácter corrompido y viciado del apego. Por lo
general, lo que haces es centrarte en la emoción, en la ráfaga de placer
que el objeto de tu apego te produce. ¿Por qué no intentas ver la
ansiedad, el sufrimiento y la falta de libertad que también te ocasiona,
a la vez que la alegría, la paz y la libertad que experimentas cuando
desaparece? entonces dejarás de mirar atrás y podrás sentir el hechizo
de la música en el instante presente.
Finalmente, echa un vistazo a la sociedad en la que vivimos, podrida de
apegos hasta la médula. Porque, si uno está apegado al poder, al
dinero, a la propiedad, a la fama, al éxito; si uno busca todas estas
cosas como si su felicidad dependiera de ellas, será considerado como
un miembro dinámico , trabajador y productivo de la sociedad. En otras
palabras, si uno persigue esas cosas con una arrolladora ambición
capaz de destruir la sinfonía de su vida y convertirle en un ser duro, frío
e insensible para con los demás y para consigo mismo, entonces la
sociedad le considerará un ciudadano "como es debido", y sus
parientes y amigos se sentirán orgullosos del "status" que han
alcanzado. ¿A cuantas personas conoces, de las que llaman
"respetables", que hayan conservado esa tierna sensibilidad del amor
que sólo la falta de apegos puede proporcionar? Si piensas en ello
detenidamente, experimentarás una repugnancia tan profunda que
instintivamente arrojarás de ti todo apego, como harías con una
serpiente que te hubiera caído encima. Te rebelarás y tratarás de
liberarte de esta pútrida cultura, basada en la codicia y el apego, en el
ansia y la avaricia y en la dureza e insensibilidad del desamor.
Nuestro video de hoy, una hermosa melodia que acompaña nuestra meditación.
http://www.youtube.com/watch?v=rmGTO95oGYU
MEDITACION 19
"Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es
apto para el Reino de Dios"
(Lc. 9,62)
El Reino de Dios es amor. Pero ¿qué significa amar? Significa ser
sensible a la vida, a las cosas y a las personas; tener sentimientos hacia
todo y hacia todos, sin excluir nada ni a nadie. Porque a la exclusión
sólo se llega a base de endurecerse, a base de cerrar las propias
puertas. Y el endurecimiento mata la sensibilidad. No te resultará difícil
encontrar ejemplos de esta clase de sensibilidad en tu propia vida. ¿No
te has detenido nunca a retirar una piedra o un clavo de la carretera
para evitar que alguien pueda sufrir daño? Lo de menos es que tú no
llegues nunca a conocer a la persona que va a beneficiarse de ello, o
que no se recompense ni se reconozca tu gesto. Lo haces por puro
sentimiento de benevolencia y bondad. ¿No te has sentido alguna vez
afligido ante la absurda destrucción, en cualquier parte del mundo, de
un bosque que nunca ibas a ver ni del que te ibas a beneficiar jamas?
¿No te has tomado nunca más molestias de las normales por ayudar a
un extraño a encontrar la dirección que buscaba, aunque no conocieras
ni fueras nunca a volver a ver a esa persona, simplemente por haber
experimentado un sentimiento de bondad? En esos y en otros muchos
momentos, el amor ha aflorado a la superficie en tu vida, haciendo ver
que se hallaba en tu interior esperando ser liberado.
¿Cómo puedes llegar a poseer esta clase de amor? No puedes, porque
ya está dentro de ti. Todo lo que tienes que hacer es quitar los
obstáculos que tú mismo pones a la sensibilidad, y ésta saldrá a la
superficie.
Esos obstáculos a la sensibilidad son dos: La opinión y el apego.
Hablemos primero de la opinión. En cuanto tienes una opinión, ya has
llegado a una conclusión acerca de una persona, una situación o una
cosa. Te has quedado fijo en un punto y has renunciado a tu
sensibilidad. Te has predispuesto, y ya sólo verás a esa persona o cosa
desde tu predisposición o prejuicio. En otras palabras, vas a dejar de
verla para siempre. ¿Y cómo puedes ser sensible a alguien que ni
siquiera ves? Piensa en una persona a la que conozcas y haz una lista
de las numerosas conclusiones, positivas o negativas, a las que hayas
llegado y sobre la base de las cuales te relacionas con ella. En el
momento en que digas: "Fulano es inteligente", o "cruel", o
"desconfiado", o "cariñoso", o lo que sea, en ese mismo momento ya
has endurecido tu percepción, te has formado un pre - juicio y has
dejado de observar a esa persona en su constante devenir; es algo
análogo al caso del piloto que se pusiera a volar hoy con el informe
meteorológico de la semana pasada. Examina con mucho cuidado
dichas opiniones, porque el simple hecho de comprender que se trata
de opiniones, conclusiones o prejuicios, no reflejos de la realidad, hará
que desaparezcan.
En cuanto al apego, ¿cómo se forma? Ante todo, proviene del contacto
con algo que te ocasiona placer o satisfacción: un auto, un moderno
aparato anunciado de manera atrayente, una frase de elogio, la
compañía de una persona... Viene luego el deseo de aferrarte a ello, de
repetir la gratificante sensación que esa cosa o persona te ha
ocasionado. Por último, llegas a convencerte de que no serás feliz sin
esa cosa o persona, porque has identificado el placer que te
proporciona con la felicidad. Y ya tienes un apego con todas las de la
ley; un apego, que inevitablemente, te hace excluir otras cosas y ser
insensible a todo cuanto no forme parte de él. Consiguientemente,
cada vez que tengas que dejar el objeto de tu apego, dejarás con él tu
corazón, que ya no podrás poner en ninguna otra cosa. La sinfonía de
la vida prosigue, pero tú no dejas de mirar atrás, de aferrarte a unos
cuantos compases de la sinfonía, de cerrar tus oídos al resto de la
música, produciendo con ello una desarmonía y un conflicto entre lo
que a vida te ofrece y aquello a lo que tú te aferras. Y vienen a
continuación la tensión, la ansiedad, que constituyen la muerte misma
del amor y de la gozosa libertad que el amor conlleva. Y es que el amor
y la libertad sólo se encuentran cuando se sabe disfrutar de cada nota
en el momento en que ésta se produce, pero sin tratar de apresarla, a
fin de mantenerse plenamente receptivo a las notas siguientes.
¿Cómo liberarse de un apego? Muchos suelen intentarlo por medio de
la renuncia. pero renunciar a unos cuantos compases de la sinfonía,
hacerlos desaparecer de la consciencia, origina precisamente la misma
clase de violencia, , conflicto e insensibilidad que el aferrarse a ellos. Lo
único que se consigue, una vez más, es endurecerse. El secreto reside
en no renunciar a nada ni aferrarse a nada, en disfrutar de todo y
permitir que todo pase. Y esto ¿cómo se hace? A base de muchas
horas de observar el carácter corrompido y viciado del apego. Por lo
general, lo que haces es centrarte en la emoción, en la ráfaga de placer
que el objeto de tu apego te produce. ¿Por qué no intentas ver la
ansiedad, el sufrimiento y la falta de libertad que también te ocasiona,
a la vez que la alegría, la paz y la libertad que experimentas cuando
desaparece? entonces dejarás de mirar atrás y podrás sentir el hechizo
de la música en el instante presente.
Finalmente, echa un vistazo a la sociedad en la que vivimos, podrida de
apegos hasta la médula. Porque, si uno está apegado al poder, al
dinero, a la propiedad, a la fama, al éxito; si uno busca todas estas
cosas como si su felicidad dependiera de ellas, será considerado como
un miembro dinámico , trabajador y productivo de la sociedad. En otras
palabras, si uno persigue esas cosas con una arrolladora ambición
capaz de destruir la sinfonía de su vida y convertirle en un ser duro, frío
e insensible para con los demás y para consigo mismo, entonces la
sociedad le considerará un ciudadano "como es debido", y sus
parientes y amigos se sentirán orgullosos del "status" que han
alcanzado. ¿A cuantas personas conoces, de las que llaman
"respetables", que hayan conservado esa tierna sensibilidad del amor
que sólo la falta de apegos puede proporcionar? Si piensas en ello
detenidamente, experimentarás una repugnancia tan profunda que
instintivamente arrojarás de ti todo apego, como harías con una
serpiente que te hubiera caído encima. Te rebelarás y tratarás de
liberarte de esta pútrida cultura, basada en la codicia y el apego, en el
ansia y la avaricia y en la dureza e insensibilidad del desamor.
Nuestro video de hoy, una hermosa melodia que acompaña nuestra meditación.
http://www.youtube.com/watch?v=rmGTO95oGYU
miércoles, 24 de febrero de 2010
Meditemos hoy en la libertad y el amor
Si no sabemos amar nunca podremos ser libres y felices, ya que son lo mismo...tratemos de comprender esto para nuestro desarrollo integral.
MEDITACION 18
"Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado" (Jn. 15,12)
¿Qué es el amor? Fíjate en una rosa: ¿puede acaso decir la rosa: "Voy a ofrecer mi fragancia a las buenas personas y negársela a las malas"? ¿O puedes tú imaginar una lámpara que niegue sus rayos a un individuo perverso que trate de caminar por su luz? Sólo podría hacerlo si dejara de ser una lámpara. Observa cuán necesaria e indiscriminadamente ofrece el árbol su sombra a todos, buenos y malos, jóvenes y viejos, altos y bajos, hombres y animales y cualesquiera seres vivientes... incluso a quien pretende cortarlo y echarlo abajo. Ésta es, pues, la primera cualidad del amor: su carácter indiscriminado. Por eso se nos exhorta a que seamos como Dios, "que hace brillar su sol sobre los buenos y los malos y llover sobre justos e injustos; sed, pues, buenos como vuestro padre celestial es bueno". Contempla con asombro la bondad absoluta de la rosa, de la lámpara, del árbol... , porque en ellos tienes la imagen de lo que sucede con el amor.
¿Cómo se obtiene esta calidad del amor? Todo cuanto hagas únicamente servirá para que tu amor sea forzado, artificial y, consiguientemente, falso, porque el amor no puede ser violentado ni impuesto. No hay nada que puedas hacer. Pero sí hay algo que puedes dejar de hacer. Observa el maravilloso cambio que se produce en ti cuando dejas de ver a los demás como buenos y malos, como justos y pecadores, y empiezas a verlos como inconscientes e ignorantes.
Debes renunciar a tu falsa creencia de que las personas pueden pecar conscientemente. Nadie puede pecar "a consciencia". en contra de lo que erróneamente pensamos, el pecado no es fruto de la malicia, sino de la ignorancia. "Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen..."
Comprender esto significa adquirir esa cualidad no discriminatoria que tanto admiramos en la rosa, en la lámpara, en el árbol...
La segunda cualidad del amor es su gratuidad. Al igual que el árbol, la rosa o la lámpara, el amor da sin pedir nada a cambio. ¡Cómo despreciamos al hombre que se casa con una mujer, no por las
cualidades que ésta pueda tener, sino por el dinero que aporta como dote...! De semejante hombre decimos, con toda razón, que no ama a la mujer, sino el beneficio económico que ésta le procura. Pero ¿acaso tu amor se diferencia algo de ese hombre cuando buscas compañía de quienes te resultan emocionalmente gratificantes y evitas la de quienes no lo son; o cuando te sientes positivamente inclinado hacia quienes te dan lo que deseas y responden a tus expectativas, mientras abrigas sentimientos negativos o mera indiferencia hacia quienes no son así? De nuevo, sólo necesitas hacer una cosa para adquirir esa cualidad de la gratuidad que caracteriza al amor: abrir tus ojos y mirar. el mero hecho de mirar y descubrir tu presunto amor tal como realmente es, como un camuflaje de tu egoísmo y tu codicia, es esencial para llegara adquirir esta segunda cualidad del amor.
La tercera cualidad del amor es su falta absoluta de auto -consciencia, su espontaneidad. El amor disfruta de tal modo amando que no tiene la menor consciencia de sí mismo. Es lo mismo que ocurre con la lámpara que brilla sin pensar si beneficia o no a alguien, o con la rosa que difunde su fragancia simplemente porque no puede hacer otra cosa, independientemente de que haya o deje de haber alguien que disfrute de ella; o con el árbol que ofrece su sombra... La Luz, la fragancia y la sombra no se producen porque haya alguien cerca, ni desaparecen cuando no hay nadie, sino que, al igual que el amor, existen con independencia de las personas. El amor, simplemente, es, sin necesidad de ningún objeto. Y esas cosas (la luz, la sombra, la fragancia), simplemente, son, independientemente de que alguien se beneficie o no de ellas. Por tanto, no tienen consciencia de poseer mérito alguno o de hacer bien. Su mano izquierda no tiene conocimiento de lo que hace su mano derecha. "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento y te ayudamos?"
Y la cuarta y última cualidad del amor es su libertad. En el momento en que entran en juego la coacción, el control o el conflicto, en ese mismo momento muere el amor. Fíjate cómo la rosa, el árbol y la lámpara te dejan completamente libre. El árbol no va a hacer el menor esfuerzo por arrastrarte hacia su sombra cuando corras el riesgo de sufrir una insolación; y la lámpara no va a ensanchar su haz de luz para que no tropieces en la oscuridad. En cambio, piensa por un momento en toda la coacción y control por parte de los demás a que tú mismo te sometes cuando, para comprar su amor y su aprobación o, simplemente, por no perderlos, tratas tan desesperadamente de responder a sus expectativas. Cada vez que te sometes a dicho control y dicha coacción, destruyes tu natural capacidad de amar, porque no puedes dejar de hacer con otros lo que permites que otros hagan contigo. Observa y comprende, pues, todo el control y la coacción que hay en tu vida, y verás cómo se reducen y empieza a brotar la libertad.
En definitiva, "libertad" no es más que otra palabra para referirse al amor.
Nuestro video de hoy para acompañar la meditación.
http://www.youtube.com/watch?v=N_EUbHpQXHk
MEDITACION 18
"Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado" (Jn. 15,12)
¿Qué es el amor? Fíjate en una rosa: ¿puede acaso decir la rosa: "Voy a ofrecer mi fragancia a las buenas personas y negársela a las malas"? ¿O puedes tú imaginar una lámpara que niegue sus rayos a un individuo perverso que trate de caminar por su luz? Sólo podría hacerlo si dejara de ser una lámpara. Observa cuán necesaria e indiscriminadamente ofrece el árbol su sombra a todos, buenos y malos, jóvenes y viejos, altos y bajos, hombres y animales y cualesquiera seres vivientes... incluso a quien pretende cortarlo y echarlo abajo. Ésta es, pues, la primera cualidad del amor: su carácter indiscriminado. Por eso se nos exhorta a que seamos como Dios, "que hace brillar su sol sobre los buenos y los malos y llover sobre justos e injustos; sed, pues, buenos como vuestro padre celestial es bueno". Contempla con asombro la bondad absoluta de la rosa, de la lámpara, del árbol... , porque en ellos tienes la imagen de lo que sucede con el amor.
¿Cómo se obtiene esta calidad del amor? Todo cuanto hagas únicamente servirá para que tu amor sea forzado, artificial y, consiguientemente, falso, porque el amor no puede ser violentado ni impuesto. No hay nada que puedas hacer. Pero sí hay algo que puedes dejar de hacer. Observa el maravilloso cambio que se produce en ti cuando dejas de ver a los demás como buenos y malos, como justos y pecadores, y empiezas a verlos como inconscientes e ignorantes.
Debes renunciar a tu falsa creencia de que las personas pueden pecar conscientemente. Nadie puede pecar "a consciencia". en contra de lo que erróneamente pensamos, el pecado no es fruto de la malicia, sino de la ignorancia. "Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen..."
Comprender esto significa adquirir esa cualidad no discriminatoria que tanto admiramos en la rosa, en la lámpara, en el árbol...
La segunda cualidad del amor es su gratuidad. Al igual que el árbol, la rosa o la lámpara, el amor da sin pedir nada a cambio. ¡Cómo despreciamos al hombre que se casa con una mujer, no por las
cualidades que ésta pueda tener, sino por el dinero que aporta como dote...! De semejante hombre decimos, con toda razón, que no ama a la mujer, sino el beneficio económico que ésta le procura. Pero ¿acaso tu amor se diferencia algo de ese hombre cuando buscas compañía de quienes te resultan emocionalmente gratificantes y evitas la de quienes no lo son; o cuando te sientes positivamente inclinado hacia quienes te dan lo que deseas y responden a tus expectativas, mientras abrigas sentimientos negativos o mera indiferencia hacia quienes no son así? De nuevo, sólo necesitas hacer una cosa para adquirir esa cualidad de la gratuidad que caracteriza al amor: abrir tus ojos y mirar. el mero hecho de mirar y descubrir tu presunto amor tal como realmente es, como un camuflaje de tu egoísmo y tu codicia, es esencial para llegara adquirir esta segunda cualidad del amor.
La tercera cualidad del amor es su falta absoluta de auto -consciencia, su espontaneidad. El amor disfruta de tal modo amando que no tiene la menor consciencia de sí mismo. Es lo mismo que ocurre con la lámpara que brilla sin pensar si beneficia o no a alguien, o con la rosa que difunde su fragancia simplemente porque no puede hacer otra cosa, independientemente de que haya o deje de haber alguien que disfrute de ella; o con el árbol que ofrece su sombra... La Luz, la fragancia y la sombra no se producen porque haya alguien cerca, ni desaparecen cuando no hay nadie, sino que, al igual que el amor, existen con independencia de las personas. El amor, simplemente, es, sin necesidad de ningún objeto. Y esas cosas (la luz, la sombra, la fragancia), simplemente, son, independientemente de que alguien se beneficie o no de ellas. Por tanto, no tienen consciencia de poseer mérito alguno o de hacer bien. Su mano izquierda no tiene conocimiento de lo que hace su mano derecha. "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento y te ayudamos?"
Y la cuarta y última cualidad del amor es su libertad. En el momento en que entran en juego la coacción, el control o el conflicto, en ese mismo momento muere el amor. Fíjate cómo la rosa, el árbol y la lámpara te dejan completamente libre. El árbol no va a hacer el menor esfuerzo por arrastrarte hacia su sombra cuando corras el riesgo de sufrir una insolación; y la lámpara no va a ensanchar su haz de luz para que no tropieces en la oscuridad. En cambio, piensa por un momento en toda la coacción y control por parte de los demás a que tú mismo te sometes cuando, para comprar su amor y su aprobación o, simplemente, por no perderlos, tratas tan desesperadamente de responder a sus expectativas. Cada vez que te sometes a dicho control y dicha coacción, destruyes tu natural capacidad de amar, porque no puedes dejar de hacer con otros lo que permites que otros hagan contigo. Observa y comprende, pues, todo el control y la coacción que hay en tu vida, y verás cómo se reducen y empieza a brotar la libertad.
En definitiva, "libertad" no es más que otra palabra para referirse al amor.
Nuestro video de hoy para acompañar la meditación.
http://www.youtube.com/watch?v=N_EUbHpQXHk
martes, 23 de febrero de 2010
Meditación en la inocencia de los niños.
Esta meditación, intenta llevarnos a la simpleza, a ser lo que realmente eres, sin máscaras ni cumplidos, inocentes como niños...intentemos lograrlo.
MEDITACION 17
"Os aseguro que, si no cambiáis y os hacéis como los niños, no
entrareis en el Reino de los Cielos"
(Mt.18,3)
Cuando mira uno los ojos de un niño, lo primero que llama la atención
es su inocencia: su deliciosa incapacidad para mentir, para refugiarse
tras de una máscara o para aparentar ser lo que no es. En este sentido,
el niño es exactamente igual que el resto de la naturaleza. Un perro es
un perro; una rosa, una rosa; una estrella, una estrella. Todas las cosas
son, simple y llanamente, lo que son. sólo el ser humano adulto es
capaz de ser una cosa y fingir ser otra diferente. Cuando una persona
mayor castiga a un niño por decir la verdad, por revelar lo que piensa y
siente, el niño aprende a disimular y comienza a perder su inocencia. Y
no tardará en engrosar las filas de las innumerables personas que
reconocen perplejas no saber quienes son, porque, habiendo ocultado
durante tanto tiempo a los demás la verdad sobre sí mismas, acaban
ocultándosela a sí mismas. ¿Cuánto de la inocencia de tu infancia
conservas todavía? ¿Existe alguien hoy en cuya presencia puedas ser
simple y totalmente tú mismo, tan indefensamente sincero e inocente
como un niño?
Pero hay otra manera muy sutil de perder la inocencia de la infancia:
cuando el niño se contagia del deseo de ser alguien. Contempla la
multitud increíble de personas que se aferran con toda su alma, no por
llegar a ser lo que la naturaleza quiere que sean
-músicos, cocineros, mecánicos, carpinteros, jardineros, inventores... -
sino por llegar a ser "alguien"; por llegar a ser personas felices,
famosas, poderosas...; por llegar a ser algo que les suponga, no mera
y pacífica autorrealización, sino glorificación y agigantamiento de su
propia imagen. Nos hallamos, en este caso, ante personas que han
perdido su inocencia porque han escogido no ser ellas mismas, sino
destacar y darse importancia, aunque no sea más que a sus propios
ojos. Fíjate en tu vida diaria. ¿Hay en ella un sólo pensamiento, palabra
o acción que no estén corrompidos por el deseo de ser alguien, aun
cuando sólo pretendas ser un santo desconocido para todos, menos
para ti mismo? El niño, como el animal inocente, deja en manos de su
propia naturaleza el ser simple y llanamente lo que es. Y, al igual que el
niño, también aquellos adultos que han preservado su inocencia se
abandonan al impulso de la naturaleza o al destino, sin pensar siquiera
en "ser alguien" o en impresionar a los demás; pero, a diferencia del
niño, se fían, no del instinto, sino de la continua consciencia de todo
cuanto sucede en ellos y en su entorno; una consciencia que les
protege del mal y produce el crecimiento deseado para ellos por la
naturaleza, no el ideado por sus respectivos y ambiciosos egos.
Existe además otro modo de corromper la inocencia de la infancia por
parte de los adultos, y consiste en enseñar al niño a imitar a alguien.
En el momento en que hagas del niño una copia exacta de alguien, en
ese mismo momento extingues la chispa de originalidad con que el
niño ha venido al mundo. En el momento en que optas por ser como
otra persona, por muy grande o santa que sea, en ese mismo
momento prostituyes tu propio ser. No deja de ser triste pensar en la
chispa divina de singularidad que hay en tu interior y que ha quedado
sepultada por capas y más capas de miedo. Miedo a ser ridiculizado o
rechazado si en algún momento te atreves a ser tú mismo y te niegas a
adaptar mecánicamente a la de los demás tu forma de vestir, de obrar,
de pensar... Y observa cómo es precisamente eso lo que haces:
adaptarte, no sólo porque se refiere a tus acciones y pensamientos,
sino incluso en lo que respecta a tus reacciones, emociones, actitudes,
valores... De hecho, no te atreves a evadirte de esa "prostitución" y
recuperar tu inocencia original. Ése es el precio que tienes que pagar
para conseguir el pasaporte de la aceptación por parte de tu sociedad o
de la organización en la que te mueves. Y así es como entras
irremediablemente en el mundo de la insinceridad y del control y te ves
exiliado del Reino, propio de la inocencia de la infancia.
Y una última y sutilísima forma de destruir tu inocencia consiste en
competir y compararte con los demás, con lo cual canjeas tu ingenua
sencillez por la ambición de ser tan bueno o incluso mejor que otra
persona determinada. Fíjate bien: la razón por la que el niño es capaz
de preservar su inocencia y vivir, como el resto de la creación, en la
felicidad del Reino, es porque no ha sido absorbido por lo que
llamamos "el mundo", esa región de oscuridad habitada por adultos
que emplean sus vidas, no en vivir, sino en buscar el aplauso y la
admiración; no en ser pacíficamente ellos mismos, sino en compararse
y competir neuróticamente, afanándose por conseguir algo tan vacío
como el éxito y la fama, aun cuando esto sólo pueda obtenerse a costa
de derrotar, humillar y destruir al prójimo. Si te permitieras sentir
realmente el dolor de este verdadero infierno en la tierra, tal vez te
sublevarías interiormente y experimentarías una repugnancia tan
intensa que haría que se rompieran las cadenas de dependencia y de
engaño que se han formado en torno a tu alma, y podrías escapar al
reino de la inocencia, donde habitan los místicos y los niños.
Nuestro video para acompañar la meditación.
http://www.youtube.com/watch?v=2zql2t8uC4M
MEDITACION 17
"Os aseguro que, si no cambiáis y os hacéis como los niños, no
entrareis en el Reino de los Cielos"
(Mt.18,3)
Cuando mira uno los ojos de un niño, lo primero que llama la atención
es su inocencia: su deliciosa incapacidad para mentir, para refugiarse
tras de una máscara o para aparentar ser lo que no es. En este sentido,
el niño es exactamente igual que el resto de la naturaleza. Un perro es
un perro; una rosa, una rosa; una estrella, una estrella. Todas las cosas
son, simple y llanamente, lo que son. sólo el ser humano adulto es
capaz de ser una cosa y fingir ser otra diferente. Cuando una persona
mayor castiga a un niño por decir la verdad, por revelar lo que piensa y
siente, el niño aprende a disimular y comienza a perder su inocencia. Y
no tardará en engrosar las filas de las innumerables personas que
reconocen perplejas no saber quienes son, porque, habiendo ocultado
durante tanto tiempo a los demás la verdad sobre sí mismas, acaban
ocultándosela a sí mismas. ¿Cuánto de la inocencia de tu infancia
conservas todavía? ¿Existe alguien hoy en cuya presencia puedas ser
simple y totalmente tú mismo, tan indefensamente sincero e inocente
como un niño?
Pero hay otra manera muy sutil de perder la inocencia de la infancia:
cuando el niño se contagia del deseo de ser alguien. Contempla la
multitud increíble de personas que se aferran con toda su alma, no por
llegar a ser lo que la naturaleza quiere que sean
-músicos, cocineros, mecánicos, carpinteros, jardineros, inventores... -
sino por llegar a ser "alguien"; por llegar a ser personas felices,
famosas, poderosas...; por llegar a ser algo que les suponga, no mera
y pacífica autorrealización, sino glorificación y agigantamiento de su
propia imagen. Nos hallamos, en este caso, ante personas que han
perdido su inocencia porque han escogido no ser ellas mismas, sino
destacar y darse importancia, aunque no sea más que a sus propios
ojos. Fíjate en tu vida diaria. ¿Hay en ella un sólo pensamiento, palabra
o acción que no estén corrompidos por el deseo de ser alguien, aun
cuando sólo pretendas ser un santo desconocido para todos, menos
para ti mismo? El niño, como el animal inocente, deja en manos de su
propia naturaleza el ser simple y llanamente lo que es. Y, al igual que el
niño, también aquellos adultos que han preservado su inocencia se
abandonan al impulso de la naturaleza o al destino, sin pensar siquiera
en "ser alguien" o en impresionar a los demás; pero, a diferencia del
niño, se fían, no del instinto, sino de la continua consciencia de todo
cuanto sucede en ellos y en su entorno; una consciencia que les
protege del mal y produce el crecimiento deseado para ellos por la
naturaleza, no el ideado por sus respectivos y ambiciosos egos.
Existe además otro modo de corromper la inocencia de la infancia por
parte de los adultos, y consiste en enseñar al niño a imitar a alguien.
En el momento en que hagas del niño una copia exacta de alguien, en
ese mismo momento extingues la chispa de originalidad con que el
niño ha venido al mundo. En el momento en que optas por ser como
otra persona, por muy grande o santa que sea, en ese mismo
momento prostituyes tu propio ser. No deja de ser triste pensar en la
chispa divina de singularidad que hay en tu interior y que ha quedado
sepultada por capas y más capas de miedo. Miedo a ser ridiculizado o
rechazado si en algún momento te atreves a ser tú mismo y te niegas a
adaptar mecánicamente a la de los demás tu forma de vestir, de obrar,
de pensar... Y observa cómo es precisamente eso lo que haces:
adaptarte, no sólo porque se refiere a tus acciones y pensamientos,
sino incluso en lo que respecta a tus reacciones, emociones, actitudes,
valores... De hecho, no te atreves a evadirte de esa "prostitución" y
recuperar tu inocencia original. Ése es el precio que tienes que pagar
para conseguir el pasaporte de la aceptación por parte de tu sociedad o
de la organización en la que te mueves. Y así es como entras
irremediablemente en el mundo de la insinceridad y del control y te ves
exiliado del Reino, propio de la inocencia de la infancia.
Y una última y sutilísima forma de destruir tu inocencia consiste en
competir y compararte con los demás, con lo cual canjeas tu ingenua
sencillez por la ambición de ser tan bueno o incluso mejor que otra
persona determinada. Fíjate bien: la razón por la que el niño es capaz
de preservar su inocencia y vivir, como el resto de la creación, en la
felicidad del Reino, es porque no ha sido absorbido por lo que
llamamos "el mundo", esa región de oscuridad habitada por adultos
que emplean sus vidas, no en vivir, sino en buscar el aplauso y la
admiración; no en ser pacíficamente ellos mismos, sino en compararse
y competir neuróticamente, afanándose por conseguir algo tan vacío
como el éxito y la fama, aun cuando esto sólo pueda obtenerse a costa
de derrotar, humillar y destruir al prójimo. Si te permitieras sentir
realmente el dolor de este verdadero infierno en la tierra, tal vez te
sublevarías interiormente y experimentarías una repugnancia tan
intensa que haría que se rompieran las cadenas de dependencia y de
engaño que se han formado en torno a tu alma, y podrías escapar al
reino de la inocencia, donde habitan los místicos y los niños.
Nuestro video para acompañar la meditación.
http://www.youtube.com/watch?v=2zql2t8uC4M
lunes, 22 de febrero de 2010
Meditación para liberarse de las fórmulas que limitan tu crecimiento.
La vida es un constante dinamismo, estar vivo es moverse; nadie debe imponerte fórmulas para vivir.... podrás tener cierta guía, pero solamente tú debes lanzarte a la aventura de crecer y caminar desechando las fórmulas preestablecidas, entonces allí serás tú mismo(a).
MEDITACION 16
"Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar 'maestros', porque uno solo es vuestro Maestro, y vosotros sois todos hermanos". (Mt. 23,8)
Podrás conseguir que alguien te enseñe cosas mecánicas, científicas o matemáticas, como el álgebra, el inglés, el montar en bicicleta o el manejar un ordenador. Pero en las cosas que verdaderamente importan - la vida, el amor, la realidad, Dios... -nadie puede enseñarte nada. A lo más, podrán darte fórmulas. Lo malo de las fórmulas, sin embargo, es que la realidad que te proporcionan viene filtrada a través de la mente de otra persona. Si adoptas estas fórmulas, quedarás preso en ellas, te marchitarás y, cuando mueras, no habrás llegado a saber lo que significa ver por ti mismo, aprender.
Míralo de esta manera: probablemente, ha habido momentos en tu vida en los que has tenido una experiencia que sabes que habrás de llevarte contigo a la tumba, porque eres completamente incapaz de encontrar palabras para expresarla. De hecho, ningún lenguaje humano posee palabras con las que poder expresar exactamente lo que has experimentado. Piensa, por ejemplo, en la clase de sentimiento que te ha invadido al contemplar el vuelo de un ave sobre un idílico lago, o al observar una brizna de hierba asomando por la grieta de un muro. o al escuchar el llanto de un niño en mitad de la noche, o al percibir la belleza de un cuerpo humano desnudo, o al contemplar un frío y rígido cadáver en su ataúd... Podrás tratar de comunicar dicha experiencia valiéndote de la música, de la poesía o de la pintura, pero en el fondo sabes que nadie comprenderá jamás exactamente lo que tu has visto y sentido. Eso es algo que te resulta absolutamente imposible de expresar, y mucho menos de enseñar a otro ser humano.
Pues bien, eso es exactamente lo que un Maestro siente cuando le pides que te instruya acerca de la vida, o de Dios, o de la realidad... Lo más que puede hacer es proporcionarte una "receta", una serie de palabras ensartadas en una fórmula. Pero, ¿para qué sirven esas palabras? Imagínate a un grupo de turistas en un autobús. Las cortinillas están echadas, y ellos no pueden ver, oír, tocar u oler absolutamente nada del extraño y exótico país que están atravesando, mientras el guía no deja de hablar, tratando de ofrecerles lo que él considera una vívida descripción de los olores, sonidos y objetos del exterior. Lo único que los turistas experimentarán serán las imágenes que las palabras del guía originen en sus mentes. Supongamos ahora que el autobús se detiene y el guía les indica que salgan afuera, mientras les da una serie de fórmulas de lo que pueden esperar ver y experimentar. Pues bien la experiencia de los turistas estará contaminada, condicionada y deformada por dichas fórmulas, y ellos percibirán, no a realidad en sí, sino la realidad tal como ha sido filtrada a través de las fórmulas del guía.
Mirarán la realidad selectivamente, o bien proyectarán sobre ella sus propias fórmulas, de manera que lo que verán no es la realidad, sino una confirmación de sus fórmulas. ¿Hay alguna forma de saber si lo que estás percibiendo es la realidad? Hay al menos un indicio: si lo que percibes no encaja en ninguna fórmula, ni propia ni ajena; si, sencillamente, no puede expresarse con palabras. Entonces, ¿qué pueden hacer los maestros? Pueden hacerte saber lo que es irreal, pero no pueden mostrarte la realidad; pueden echar abajo tus fórmulas, pero no pueden hacerte ver lo que las fórmulas pretenden reflejar; pueden desenmascarar tu error, pero no pueden ponerte en posesión de la verdad. Pueden, a lo más, apuntar en dirección a la realidad, pero no pueden decirte lo que ven. Tendrás que aventurarte y descubrirlo por ti mismo. "Aventurarse" significa, en este caso, prescindir de toda fórmula, tanto si te la han proporcionado otros como si la has aprendido en los libros o la has inventado tú mismo a la luz de tu propia experiencia. Esto es, posiblemente, lo más aterrador que puede hacer un ser humano: adentrarse en lo desconocido sin la protección de ningún tipo de fórmula o receta. Ahora bien, prescindir del mundo de los seres humanos, tal como lo hicieron los profetas y los místicos, no significa prescindir de su compañía, sino de sus fórmulas. Y entonces, eso sí, aun cuando estés rodeado de personas, estarás verdadera y absolutamente solo. Pero ¡qué imponente soledad! La soledad del
silencio. Un silencio que será lo único que veas. Y en el momento en que veas, renunciarás a todo tipo de libros, guías y gurús.
Pero ¿qué es exactamente lo que verás? Todo, absolutamente todo: una hoja que cae del árbol, el comportamiento de un amigo, la superficie rizada de un lago, un montón de piedras, un edificio en ruinas, una calle asestada de gente, un cielo estrellado..., todo. Una vez que hayas visto, puede que alguien intente ayudarte a expresar tu visión con palabras, pero tú negarás con la cabeza y dirás: "No, no es eso; eso es simplemente una fórmula más..." Puede también que algún
otro intente explicarte el significado de lo que has visto, y tú volverás a negar con la cabeza, porque el significado es una fórmula, algo que puede verterse en conceptos y tener sentido para la mente pensante, mientras que lo que tú has visto está más allá de toda fórmula, de todo significado. Y entonces se producirá en ti un extraño cambio, difícilmente perceptible al principio, pero radicalmente transformador. Y es que, una vez hayas visto, ya no volverás a ser el mismo, sino que sentirás la estimulante libertad y la extraordinaria confianza que produce el hecho de saber que toda fórmula, por muy sagrada que sea, es inútil; y nunca más volverás a llamar a nadie: "maestro". En adelante, y a medida que observes y comprendas de nuevo cada día todo el proceso y el movimiento de la vida, ya no dejarás de aprender, y todas las cosas sin excepción serán tus "maestros" Desecha, pues, tus libros y tus fórmulas, atrévete a prescindir de tu maestro, sea quien sea, y mira las cosas por ti mismo. Atrévete a fijarte, sin temor ni fórmula alguna, en todo cuanto te rodea, y no tardarás en ver.
MEDITACION 16
"Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar 'maestros', porque uno solo es vuestro Maestro, y vosotros sois todos hermanos". (Mt. 23,8)
Podrás conseguir que alguien te enseñe cosas mecánicas, científicas o matemáticas, como el álgebra, el inglés, el montar en bicicleta o el manejar un ordenador. Pero en las cosas que verdaderamente importan - la vida, el amor, la realidad, Dios... -nadie puede enseñarte nada. A lo más, podrán darte fórmulas. Lo malo de las fórmulas, sin embargo, es que la realidad que te proporcionan viene filtrada a través de la mente de otra persona. Si adoptas estas fórmulas, quedarás preso en ellas, te marchitarás y, cuando mueras, no habrás llegado a saber lo que significa ver por ti mismo, aprender.
Míralo de esta manera: probablemente, ha habido momentos en tu vida en los que has tenido una experiencia que sabes que habrás de llevarte contigo a la tumba, porque eres completamente incapaz de encontrar palabras para expresarla. De hecho, ningún lenguaje humano posee palabras con las que poder expresar exactamente lo que has experimentado. Piensa, por ejemplo, en la clase de sentimiento que te ha invadido al contemplar el vuelo de un ave sobre un idílico lago, o al observar una brizna de hierba asomando por la grieta de un muro. o al escuchar el llanto de un niño en mitad de la noche, o al percibir la belleza de un cuerpo humano desnudo, o al contemplar un frío y rígido cadáver en su ataúd... Podrás tratar de comunicar dicha experiencia valiéndote de la música, de la poesía o de la pintura, pero en el fondo sabes que nadie comprenderá jamás exactamente lo que tu has visto y sentido. Eso es algo que te resulta absolutamente imposible de expresar, y mucho menos de enseñar a otro ser humano.
Pues bien, eso es exactamente lo que un Maestro siente cuando le pides que te instruya acerca de la vida, o de Dios, o de la realidad... Lo más que puede hacer es proporcionarte una "receta", una serie de palabras ensartadas en una fórmula. Pero, ¿para qué sirven esas palabras? Imagínate a un grupo de turistas en un autobús. Las cortinillas están echadas, y ellos no pueden ver, oír, tocar u oler absolutamente nada del extraño y exótico país que están atravesando, mientras el guía no deja de hablar, tratando de ofrecerles lo que él considera una vívida descripción de los olores, sonidos y objetos del exterior. Lo único que los turistas experimentarán serán las imágenes que las palabras del guía originen en sus mentes. Supongamos ahora que el autobús se detiene y el guía les indica que salgan afuera, mientras les da una serie de fórmulas de lo que pueden esperar ver y experimentar. Pues bien la experiencia de los turistas estará contaminada, condicionada y deformada por dichas fórmulas, y ellos percibirán, no a realidad en sí, sino la realidad tal como ha sido filtrada a través de las fórmulas del guía.
Mirarán la realidad selectivamente, o bien proyectarán sobre ella sus propias fórmulas, de manera que lo que verán no es la realidad, sino una confirmación de sus fórmulas. ¿Hay alguna forma de saber si lo que estás percibiendo es la realidad? Hay al menos un indicio: si lo que percibes no encaja en ninguna fórmula, ni propia ni ajena; si, sencillamente, no puede expresarse con palabras. Entonces, ¿qué pueden hacer los maestros? Pueden hacerte saber lo que es irreal, pero no pueden mostrarte la realidad; pueden echar abajo tus fórmulas, pero no pueden hacerte ver lo que las fórmulas pretenden reflejar; pueden desenmascarar tu error, pero no pueden ponerte en posesión de la verdad. Pueden, a lo más, apuntar en dirección a la realidad, pero no pueden decirte lo que ven. Tendrás que aventurarte y descubrirlo por ti mismo. "Aventurarse" significa, en este caso, prescindir de toda fórmula, tanto si te la han proporcionado otros como si la has aprendido en los libros o la has inventado tú mismo a la luz de tu propia experiencia. Esto es, posiblemente, lo más aterrador que puede hacer un ser humano: adentrarse en lo desconocido sin la protección de ningún tipo de fórmula o receta. Ahora bien, prescindir del mundo de los seres humanos, tal como lo hicieron los profetas y los místicos, no significa prescindir de su compañía, sino de sus fórmulas. Y entonces, eso sí, aun cuando estés rodeado de personas, estarás verdadera y absolutamente solo. Pero ¡qué imponente soledad! La soledad del
silencio. Un silencio que será lo único que veas. Y en el momento en que veas, renunciarás a todo tipo de libros, guías y gurús.
Pero ¿qué es exactamente lo que verás? Todo, absolutamente todo: una hoja que cae del árbol, el comportamiento de un amigo, la superficie rizada de un lago, un montón de piedras, un edificio en ruinas, una calle asestada de gente, un cielo estrellado..., todo. Una vez que hayas visto, puede que alguien intente ayudarte a expresar tu visión con palabras, pero tú negarás con la cabeza y dirás: "No, no es eso; eso es simplemente una fórmula más..." Puede también que algún
otro intente explicarte el significado de lo que has visto, y tú volverás a negar con la cabeza, porque el significado es una fórmula, algo que puede verterse en conceptos y tener sentido para la mente pensante, mientras que lo que tú has visto está más allá de toda fórmula, de todo significado. Y entonces se producirá en ti un extraño cambio, difícilmente perceptible al principio, pero radicalmente transformador. Y es que, una vez hayas visto, ya no volverás a ser el mismo, sino que sentirás la estimulante libertad y la extraordinaria confianza que produce el hecho de saber que toda fórmula, por muy sagrada que sea, es inútil; y nunca más volverás a llamar a nadie: "maestro". En adelante, y a medida que observes y comprendas de nuevo cada día todo el proceso y el movimiento de la vida, ya no dejarás de aprender, y todas las cosas sin excepción serán tus "maestros" Desecha, pues, tus libros y tus fórmulas, atrévete a prescindir de tu maestro, sea quien sea, y mira las cosas por ti mismo. Atrévete a fijarte, sin temor ni fórmula alguna, en todo cuanto te rodea, y no tardarás en ver.
La música para tu meditación...escúchala mientras lees el texto, y mientras meditas en la idea central.
http://www.youtube.com/watch?v=pti8w-JP_1E
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